Estoy de acuerdo en que la Iglesia aporte su material para complementar el Programa de Educación Sexual del Ministerio de Educación, y proporcionar así una formación integral. Sin embargo, hay algunos puntos que deben considerarse para preservar la naturaleza laica y universal de los contenidos.
Hay postulados cuya observancia no puede imponerse a las personas que no profesan la fe católica, algunos de ellos incluso son prejuicios y supersticiones disfrazados de información científica, y es preocupante que se pretenda incluirlos como material formativo, tal el caso de los supuestos graves daños físicos y morales que provoca la masturbación, lo cual está muy lejos de ser una verdad científica, y más cerca de ser un mecanismo para infundir miedo y evitar que los jóvenes exploren su cuerpo. Olvidan quienes promueven la divulgación de estas falacias que los jóvenes de hoy ya no se dejan engañar y manipular como en otras épocas, y pretender engañarlos solo nos llevará a perder su confianza.
La transmisión de la vida como propósito único del sexo, lejos de sublimizar el acto de amor, lo animaliza, convirtiéndolo en un simple acto de apareamiento, desprovisto de los ingredientes de amor y comunicación que hacen del sexo entre los seres humanos una experiencia espiritual además de física.
La anticoncepción, elegida libremente por la pareja y ejercida responsablemente, no tiene por qué ser violatoria de la dignidad humana, como sí lo es la imposición de cualquier tipo, incluida la supuesta obligación de traer hijos al mundo, aún cuando las condiciones económicas y de salud no sean apropiadas.
Ni la Ley ni su Reglamento mencionan el aborto como método de planificación, y la sociedad guatemalteca está muy lejos de estar lista para sostener un debate maduro sobre ese tema, por lo que es irresponsable hacer creer ese extremo a las personas. Cabe mencionar también que la Ley no pretende obligar a nadie a hacer uso de métodos anticonceptivos contra su voluntad, sino ponerlos a disposición, junto con información y orientación, para quien quiera utilizarlos, y que entre ellos se incluyen los métodos naturales.
Atención especial merece la forma propuesta para abordar las preguntas de los niños, que se limita a reproducir respuestas ambiguas, analogías ridículas y parece tener el objetivo de desinformar y dejar a los niños en la ignorancia, más que resolver sus dudas. No digamos llamar a los órganos sexuales con nombres totalmente inadecuados como “colita” u “orificio” o la inexactitud anatómica de que los niños nacen por el mismo lugar por donde orina la mamá.
Llama la atención que al referirse a la masturbación se enfoque solamente en “frotarse el pene” ignorando conveniente o ilusamente que la estimulación del clítoris –el órgano más pecaminoso de la anatomía femenina- también existe y la practican niñas desde muy temprana edad.
Por último, pero igual de preocupante, es la insistencia en inculcar sentimientos de intolerancia, discriminación y rechazo hacia la diversidad sexual. Cuando el mundo civilizado avanza firmemente hacia la aceptación e integración a la sociedad de la comunidad gay, nosotros pretendemos continuar enseñándole a los niños que estas son desviaciones, aberraciones de personas enfermas, confundiendo –por mala fe o por ignorancia- homosexualidad con pedofilia, al extremo de aseverar que ambos son delitos penados por la ley, cuando eso no es exacto en el caso de la homosexualidad.
El texto me recuerda la famosa columna de Cesar García donde añoraba los viejos tiempos en que no se acostumbraba la palabra “gay” y a los homosexuales se les llamaba “huecos”, al hacer referencia a la existencia de “maricas”, otro término despectivo para referirse a personas que en su mayoría son miembros honrados y respetables de la sociedad. De que hay enfermos, los hay, tanto homosexuales como heterosexuales y ese prejuicio infundado no hace más que incitar al odio hacia las personas que son diferentes. En lugar de eso, sería mejor enseñar a los niños a detectar las señales de un verdadero abusador, homosexual o no. Por cierto, llama la atención, nuevamente, la omisión de la existencia de mujeres homosexuales –lesbianas- como si con negar su existencia fueran a desaparecer.
En conclusión, lo más lamentable es darme cuenta cuántas personas, con cierto nivel de estudios y formación, están de acuerdo con que esta información tergiversada, intolerante y victoriana sea la base del programa que se imparta a nuestros hijos y defienden a capa y espada el derecho de los padres a criar hijos ignorantes, en aras de continuar manteniendo un control morboso sobre la sexualidad humana, que por alguna razón despierta en la Iglesia un miedo visceral.